En la Piel

(De mis cuadernos. 08.09.2012)

Cuando quieres a alguien, se graba en la piel.

Quizás por eso me gustan tanto los tatuajes. Porque hay algo que me parece extremadamente bonito en elegir qué recuerdos estás dispuesta a llevar contigo para siempre. Marcar en el cuerpo, de manera simbólica, las alegrías, las lagrimas, los lugares, cada recuerdo, cada herida. Como si la piel pudiera convertirse en un archivo de todo eso que alguna vez me hizo sentir viva.

Pero no es sólo la piel la que recuerda. Recuerda el cuerpo entero: la cabeza. el corazón, el alma, aunque no sepamos muy bien dónde empieza una y termina el otro ni tampoco cuál es el predominante.

Porque hay sentimientos que, aunque intentes esconderlos, siguen viviendo en alguna parte de ti. Muchas veces en silencio, a veces debajo de capas y capas de la vida que sigue caminando, de las responsabilidades, de las nuevas historias, de cosas que te obligas a pensar (o a no pensar( para no pensar en eso que realmente quieres saber y que te da miedo admitir:

Estará bien?, estará con alguien más?, será feliz?, estará cumpliendo sus sueños?, habrá ido más allá de ellos?, pensará alguna vez en mí? A veces, no necesitas respuestas para hacerte todas esas preguntas.

Y quizá eso es lo más difícil de querer a alguien con quien no estás compartiendo tu vida: que incluso cuando decides no buscar, una parte de ti sigue haciéndolo, aunque sea en penumbras. Aunque sólo puedas saber lo mínimo para comprobar que esa persona está bien, como por ejemplo, saludarla todos los años para su cumpleaños, un mensaje enviado “equvocadamente” o una llamada “equivocada” para tener aunque sea una respuesta, saber que está viva, saber aunque sea alguna pequeña cosa de lo que está haciendo.

Esconder los sentimientos durante mucho tiempo puede anestesiarte, sí. Te vuelves robótica, experta en funcionar y en rendir, en seguir adelante, en hablar de cualquier cosa, en llenar los espacios vacíos para que no te llamen y convencerte de que ya no importa.

Pero la anestesia nunca llega a todas partes; siempre queda una pequeña grieta; una veta por donde se filtra todo lo que intentaste guardar y reprimir, cosas que conozco muy bien, no sólo por mi carrera sino porque aprendí a hacerlo de manera magistral. Y aunque puedas esconderlo debajo de la alfombra y poner encima otras historias, otros nombres, otros días y puedes incluso llegar a creer que ya no está, el esconder un sentimiento no significa matarlo; a veces sólo significa aprender a vivir con él sin mirarlo demasiado de cerca. Pero el reprimirlo, el esconderlo y no mirarlo, muchas veces a quien si puede llegar a matar es a ti.

Quizá eso sea querer de verdad: aceptar que alguien puede dejar de formar parte de tu vida y aun así, seguir formando parte de ti. No necesariamente porque esperes algo, aunque creo que una parte de tí siempre espera; simplemente porque hubo alguien que tocó un lugar dentro de ti al que después de él ya no se vuelve siendo exactamente la misma persona.

Hay personas que pasan por nuestra vida y hay otras que se quedan grabadas en ella. En la piel, en la memoria, en las preguntas que todavía aparecen de vez en cuando, en los tatuajes, en esa pequeña grieta que, por mucho que la tapes, te recuerda que alguna vez quisiste a alguien de verdad, que alguien te hizo sentir viva.

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