Por fin… de alta.
Tengo que reconocer que no tenía mucha fe. Y quizás por eso también tengo que pedir perdón. Porque, una vez más, Dios me mostró que incluso cuando yo dejo de confiar, Él sigue ahí conmigo, que nunca me ha abandonado y que sus tiempos no siempre coinciden con los míos, con mi ansiedad, con mis urgencias, pero que eso no significa que me haya dejado sola.
Esta vez no fue la excepción.
Todo está casi volviendo a la normalidad. Todavía tengo que cuidarme, bajar el ritmo (es lo más difícil) y aprender a escuchar a mi cuerpo antes de que tenga que ser él quien me obligue a parar. Algo he aprendido últimamente de eso. A veces, se que necesito parar para darme cuenta cuánto tiempo llevo funcionando en automático, solucionando cosas, guardando otras y dejando para después, siempre para después lo que necesito, lo que quiero, a mi.
Pero hoy me siento mejor. Tengo hambre, tengo más energía y, por primera vez en varios meses, siento que estoy volviendo.
Me falta poder dormir bien. Poder apagar la luz, cerrar los ojos y poder descansar, pero sigo despierta, como si todavía tuviera que solucionar cosas que no puedo solucionar en la noche.
Espero que la próxima semana, y las conversaciones con Grace, me ayuden a ordenar algunas de esas cosas que siguen pendientes y me persiguen, todo el cúmulo de problemas que me he buscado por hacer feliz al resto. Quizás, si Dios me acompaña de nuevo y Grace acepta mi propuesta, mi cabeza también entienda que puede descansar.
Otras cosas tendrán que esperar hasta que vuelva a Chile, a pesar de mi ansiedad, no todo se puede resolver a distancia. Ni todo depende de una conversación, de una decisión o de poder mostrar las emociones y aunque me cueste mucho, hay cosas que necesitan tiempo.
Por ahora, quiero quedarme con lo bueno de hoy. Con el alivio de saber que lo peor ya pasó y la tranquilidad que vuelve de a poco.
Y con esa sensación tan linda de despertar en la mañana y sentir que todo va a estar bien, es una sensación que pocas veces he tenido.
Hoy desperté sintiendo que todo iba a estar bien y así fue.
Gracias a Dios por nunca abandonarme, incluso cuando yo misma dejé de creer que había algo más esperándome al otro lado de todo esto.
Deja una respuesta