¿Qué tan dispuesto estás a dar en tu vida?
Y más importante aún…
¿Estás dispuesto a dar tu vida?
Siendo psicóloga, aunque nunca ejercí haciendo terapia, casi toda mi vida profesional me ha tocado trabajar con personas. Y las personas, para mí, nunca han sido un número. Detrás de cada una hay una historia, una familia, una mochila que nadie ve.
Por eso, cuando escribo o converso, trato siempre de hablar desde mí.
No es egocentrismo, como algunos podrían pensar. Es simplemente porque hablar de lo que sienten, piensan o esperan los demás es entrar en el terreno de las suposiciones. Y yo misma me paso la vida suponiendo cosas. Buenas y malas. Inventando historias completas en mi cabeza de las que, probablemente, no tengo la más remota idea de cómo realmente son.
Así que prefiero hablar de lo único que realmente conozco: mi experiencia.
Hay personas —y yo soy una de ellas, aunque para nada un ejemplo— que buscan su lugar en el mundo haciendo felices a otros.
Y no lo digo como una queja, al contrario, he sido súper feliz así.
Pocas cosas me han dado tanta alegría como ver crecer a alguien, ver una sonrisa al otro lado o sentir que, de alguna manera, fuiste un granito de arena en el inmenso océano de la vida de otra persona.
Hoy tengo 48 años y a esta edad, es imposible no mirar hacia atrás. Más hoy.
Y mirando hacia atrás, me doy cuenta de que muchas veces juzgué a personas en silencio. Las encontré egoístas porque no ayudaban, porque no apoyaban, porque no daban ese esfuerzo extra que para mí parecía tan natural.
Pero hace meses una pregunta no deja de darme vueltas.
¿Realmente eran egoístas?, ¿O simplemente también se estaban cuidando?
Porque cuando uno da mucho… demasiado… llega un momento en que aparece un vacío difícil de explicar. No es un vacío porque nadie te quiera. No es un vacío porque estés solo.
Es un vacío distinto.
Es darte cuenta de que llevas tanto tiempo pendiente de las necesidades de los demás que, cuando finalmente miras hacia adentro, ya no sabes muy bien qué necesitas tú.
Carl Rogers hablaba de la importancia de vivir de manera congruente con uno mismo. De no perder contacto con la propia experiencia por intentar responder siempre a las expectativas externas. Y creo que, sin darnos cuenta, muchos terminamos haciendo exactamente eso.
Brené Brown dice algo que me hace mucho sentido: “Daring to set boundaries is about having the courage to love ourselves even when we risk disappointing others (en Español: ”Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a los demás”.) Atreverse a poner límites es tener el valor de querernos incluso cuando eso signifique decepcionar a alguien.
Y qué difícil es eso cuando uno aprendió que querer era estar siempre disponible.
Adam Grant, en su libro “Give and Take”, hace una distinción que me marcó. No son las personas generosas las que terminan agotadas. Son aquellas que dan sin límites, sin distinguir cuándo ayudar y cuándo desaparecer detrás de las necesidades de otros.
Porque dar no cansa; lo que cansa es dejar de existir para uno mismo.
Y ese vacío llega despacito: das un poco más de tiempo; un poco más de paciencia; un poco más de energía.
Empiezas a postergar cosas que querías hacer “porque ahora no es el momento”. Después postergas tus descansos, tus sueños, tus necesidades. Hasta que un día te sorprendes haciéndote una pregunta incómoda.
¿Y yo dónde quepo acá?
Y no porque la gente sea mala, la mayoría de las veces ni siquiera se da cuenta.
Simplemente uno se acostumbró tanto a estar ahí para todos, que todos terminaron creyendo que siempre iba a estar.
Dos de mis hijos, curiosamente, me han enseñado esto mejor que cualquier libro.
Uno de ellos, desde muy chico, siempre dio exactamente lo que quería dar.
—Dame un beso.
—No.
Y aunque yo hiciera el show, aunque fingiera que me daba pena, no había caso.
En ese tiempo yo pensaba que le faltaba empatía. Hoy entiendo que simplemente ya sabía poner límites. Entendí que el cariño no se obliga. Que un “no” también puede ser una forma de amor cuando es honesto.
Mi otro hijo me enseñó otra lección diferente, pero igual de importante.
Él aprendió a decir que no sin culpa.
Nunca fue el niño de los mil amigos. Tiene clarísimas sus prioridades. Es un poco cuadrado, sí. Pero es feliz así. Y yo tampoco lo entendía.
Pensaba que era demasiado solitario, que era raro que a esa edad tuviera tan pocos amigos, que pasara tanto tiempo consigo mismo. Con los años entendí que, quizás, no era raro, sólo auténtico.
Nunca sintió la necesidad de caerle bien a todo el mundo. Nunca confundió ser buena persona con estar siempre disponible. Y eso, que antes me costaba tanto entender, hoy me parece una forma enorme de libertad.
Todavía me cuesta aprender esa lección. Me cuesta muchísimo.
Porque sigo creyendo que dar es una de las formas más bonitas de amar.
Pero también estoy aprendiendo que darlo todo no siempre nace del amor. A veces nace del miedo: el miedo a decepcionar, del miedo a no ser suficiente, del miedo a perder un lugar en la vida de alguien.
Y quizás ahí está la diferencia. Dar porque quieres… llena. Dar porque sientes que debes… vacía.
Hoy ya no creo que la meta sea aprender a dar más. Creo que la meta es aprender a dar sin desaparecer.
Porque el amor más sano no es el que deja a uno vacío para llenar a los demás.
Es el que alcanza para compartir… y todavía deja un poquito de luz encendida dentro de uno.

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