Dicen que el tiempo cura todo.
No. No todo.
El tiempo adormece. El tiempo anestesia. Hace más llevadera la vida y nos enseña a convivir con ciertas ausencias. Pero no lo cura todo.
No cuando los sentimientos, cuando las emociones fueron tan profundas, tan fundamentales, que echaron raíces tan hondas que arrancarlas sería arrancar una parte de nosotros mismos.
Hay cosas que no se olvidan. Se quedan ahí, silenciosas, como un idioma que hablaste alguna vez o como andar en bicicleta.
El tiempo sana las heridas superficiales, esas que apenas rozan la piel y desaparecen sin dejar rastro. Pero las heridas profundas son distintas. Esas atraviesan la piel, el alma, la historia. Y toda herida profunda deja una cicatriz.
Algunas se ven. Otras no.
Hay cicatrices que no se ven a simple vista, pero que siguen ahí, recordándonos quiénes fuimos, qué amamos y qué perdimos.
Por eso no, el tiempo no cura todo.
Hay dolores que no desaparecen; simplemente aprendemos a vivir con ellos. Hay amores que no se olvidan; solo dejan de sangrar.
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