Simplemente te quiero. No sé desde cuándo. No sé cómo. No sé en qué instante comenzó todo. Tal vez fue después de tantos años de conocernos, de crecer en los mismos recuerdos, de cruzarnos una y otra vez sin entender lo que se estaba quedando dentro de mí.
O tal vez fue aquella noche. Esa maldita noche en tu lugar… en tu espacio.
Porque después de esa noche, nada volvió a ser igual.
Hoy nuestras vidas transcurren por caminos distintos. Nos separan los años, países, historias que construimos lejos el uno del otro. Y aun así, si cierro los ojos, sigues aquí.
Tu aroma. Tu sonrisa. Tus ojos, que todavía tienen el extraño poder de hacerme sonrojar.
Me gusta pensar, soñar que fuiste cobarde. Que siempre hubo alguien más ocupando un lugar en mi vida y que no quisiste interrumpir. Que sentías lo mismo que yo y que, al igual que yo, tuviste miedo.
Quizás esa sea la mentira que me cuento para hacer más llevadera la realidad.
Porque la verdad es que nunca lo sabré.
Lo único que sé es que sigo sintiendo lo mismo. Que sigo soñando contigo. Antes en silencio, escondiéndome incluso de mí misma. Hoy con menos miedo, pero con la misma intensidad.
Sin embargo, la realidad siempre termina imponiéndose sobre los sueños.
Nunca te tuve.
Nunca te tendré.
Y quizás eso es lo que más duele.
Porque mientras yo imaginaba una historia para los dos, tú seguías siendo libre de ella.
Al final, este amor fue un sueño.
Y el sueño, tal vez, solo fue mío.
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