Día tras día

Enero 2026

Día tras día. Tarde tras tarde. Noche tras noche.

Las noches son las peores.

Horas mirando el techo, sin poder dormir. A veces con ganas —muchas ganas— de dejar de pensar, de apagarlo todo, de descansar para siempre.

Pero no.

Los niños. Las cuentas. Tus padres.

Entonces consigues cerrar un ojo, apenas una pestaña, y amanece.

Desayuno. Sonrisa. Y empezar otra vez.

Día tras día. Tarde tras tarde. Noche tras noche.

Llamadas. Problemas que resolver. Decisiones. Personas que necesitan algo de ti.

—¿Todo bien?

—¡Todo bien!

—¿Y tú?

Pocas veces preguntan de verdad.

—Cansada, pero bien.

A veces ni siquiera sale la frase completa.

Solo:

—Bien.

Y llega otro día.

Y otro.

Y otro más.

Hasta que aparece el fin de semana.

Duermes de más y, aun así, no descansas.

No tienes ganas de nada.

La cabeza insiste:

«¿Cómo es posible?»

«¿Qué te pasa?»

«¿Y los niños?»

—Vamos a jugar.

Y tú sonríes mientras ruegas que no quieran.

—Vamos a salir.

Y tú sonríes mientras ruegas que dure poco.

Contando las horas para volver a acostarte.

Y cuando por fin llega la noche, tampoco puedes dormir.

La cabeza no se detiene.

Nunca se detiene.

Y vuelve la pregunta prohibida.

«¿Ahora sí?»

No.

Los niños.

Las cuentas.

Tus padres.

¿Y qué diría el resto?

Como si al resto le hubiera importado alguna vez cuánto duele.

Una cerveza.

Dos.

Tres.

O una copa de vino.

No trae descanso.

Pero por un rato silencia el ruido.

Y mañana volverá todo.

Como siempre.

A veces, solo a veces, pides ayuda.

Gritas por ayuda.

Alguien escucha.

Alguien abraza.

Alguien promete estar ahí.

Y luego la vida sigue.

Se olvidan.

Y de alguna manera esperan que tú también lo hagas.

Que mágicamente estés bien.

Entonces vuelves a sonreír.

—¿Cómo estás?

—Muy bien, ¿y tú?

Y aparece esa sonrisa que da miedo porque nadie ve lo que esconde.

A veces te preguntas si existe algo capaz de distraer el dolor que llevas dentro.

Pero sabes que no.

Sabes que el vacío no desaparece así.

Solo crece.

Así que buscas ocupaciones.

La huerta.

El trabajo.

Los viajes.

Cualquier cosa que haga pasar las horas más rápido.

Cualquier cosa que te acerque a la noche.

Y aun así, la pregunta sigue ahí:

¿Qué es este vacío?

¿Qué me falta?

¿Qué me rompió?

¿Estoy fallada?

Pero no lo dices.

Siguen los abrazos.

Los besos.

Las conversaciones normales.

Y los llantos en la ducha.

Porque ahí nadie escucha.

O eso crees.

En los hoteles.

En los viajes.

En los aeropuertos.

Mirando por la ventana del avión.

Pensando, por un segundo, qué fácil sería dejar de decidir.

Y enseguida vuelves a la realidad.

No.

Todavía no.

Hay responsabilidades.

Hay personas que dependen de ti.

Hay que seguir.

Y entonces haces lo que mejor has aprendido a hacer:

Poner el piloto automático.

Avanzar.

Cumplir.

Sonreír.

Resistir.

Hasta que vuelven a ser las tres de la mañana.

Y sigues despierta.

Mirando el techo.

Esperando que el sueño llegue.

Esperando que el ruido se calle.

Esperando sentir algo distinto.

Y preguntándote, una vez más:

¿Lo intentamos otra vez?

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