23 de Julio 2026
Quisiera hablar contigo. Saber cómo estás. Escuchar tu voz y descubrir si todavía queda en ella algo de aquel tiempo en que nuestras vidas, por un instante, coincidieron.
Últimamente siento que la vida se me está haciendo más corta, lo sé, quizá siempre lo supe, pero lo negué. Siento que ahora el tiempo corre demasiado deprisa y que, con cada día que pasa, se hacen más pequeñas las posibilidades de volver a verte. Quizá por eso cuento los días para regresar. Como si al otro lado del calendario todavía quedara una última oportunidad. Una última vez.
Y si es esa, si de verdad es la última, está bien, mi dragón. Aunque hubiese querido que tuviéramos más tiempo.
Hubiese querido saber entonces todo lo que sé ahora. Entender que algunos momentos son tan pequeños que una no alcanza a darse cuenta de que, mientras ocurren, ya se están convirtiendo en recuerdos. Habría disfrutado más ese poquito de tiempo que me dabas. Habría mirado más despacio. Habría escuchado con más atención. Habría reído más, sentido más, querido más. Habría guardado más tu risa, tu forma nerviosa de reír, habría guardado tu melancolía en un espacio reservado de mi corazón. Quizá te habría abrazado un segundo más antes de soltarte.
Quisiera recordar cada una de nuestras conversaciones. Las palabras exactas. Las tonterías que nos hicieron reír. Los silencios. La forma en que me mirabas. Quisiera poder cerrar los ojos y regresar, aunque fuera por un instante, a nuestros besos, a esos pequeños momentos en los que el mundo parecía detenerse un poco. A ese beso torpe, atolondrado y completamente avasallador que me diste la primera vez. ¡Qué lo esperaba tanto!
Pero no puedo.
Por más que lo intento, hay cosas que el tiempo se empeña en desdibujar. Y eso me da una tristeza extraña: saber que hubo momentos que alguna vez fueron todo mi presente y que ahora apenas puedo reconstruirlos.
Supongo que por eso escribo. Para salvar algo. Para que las palabras recuerden aquello que mi memoria, poco a poco, empieza a olvidar y sólo me queda, despues de tantos años, lo que dejaste en mí.
Esas cicatrices invisibles que llevan algo de ti. Algunas duelen todavía; otras simplemente me recuerdan que estuviste aquí. Que fuiste real. Que, durante un pequeño pedazo de mi vida, existió un nosotros, aunque nunca supiéramos muy bien qué hacer con él. Y me quedan también las cicatrices visibles, esas que me hice para recordarte, para seguir sabiendo, aunque nadie más lo supiera, que sigo siendo tuya.
Y quizá esas cicatrices sean mi manera de conservarte. De llevar conmigo la prueba de que alguna vez sentí todo esto y que sigo sintiéndolo hasta el día en que yo ya no esté.
No sé si la vida nos debe otra oportunidad. Tal vez no. Tal vez algunas personas llegan solamente para quedarse un instante y acompañarnos, de alguna forma, durante el resto del camino, pero si pudiera pedirle una sola cosa más al tiempo, no le pediría volver atrás.
Solo le pediría detenerse una vez más, una última vez: lo suficiente para volver a encontrarte, mirarte de cerca y reconocer en tus ojos al dragón que alguna vez quise tanto y que, de alguna manera, sigo queriendo aunque hayan pasado tantos, tantísimos años.
Y entonces, sin pedir explicaciones, sin hablar del pasado ni del futuro, sin preguntarnos qué habría sucedido si hubiésemos tenido más tiempo simplemente volver a estar entre tus brazos, aunque fuera solo un instante.
Aunque después tuviera que soltarte para siempre.

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