Mi Dientes de Leche

2026

Tengo una personita en mi vida. Y digo personita porque es un par de años menor que yo, aunque de personita ya le queda poco, porque es toda una mujeraza.

La conocí cuando nació. O, en realidad, desde antes: cuando todavía estaba en la guata de su mamá. Yo tenía dos años y medio cuando esta mujer llegó al mundo.

Era amiga de su hermana mayor y, debo reconocerlo, mi pobre chiquitita las sufrió bastante con nosotras. Eran otros tiempos, tiempos en que la palabra bullying ni siquiera formaba parte de nuestro vocabulario y uno podía atormentar un poquito a la hermana chica sin dimensionar demasiado las consecuencias, la molestabamos mucho, sobre todo por sus dientes.

Pero, incluso entonces, entre nosotras había algo. Una afinidad difícil de explicar. Una de esas conexiones que no necesitan demasiadas razones y que, de alguna manera, terminan sobreviviéndolo todo.

Y la nuestra ha sobrevivido a los años. A muchos años. Cuarenta y seis, para ser exacta.

Hemos vivido prácticamente toda nuestra vida juntas, aunque tambien a distancia y distancias largas. Hemos compartido lo bueno, las risas y las aventuras —que han sido muchas—, pero también los fracasos. Los de trabajo, los de la vida y, por supuesto, los del amor. Soy madrina de mi Fran que es una delicia de niño, y ella es la madrina de mis dos hijos más chicos.

Ella conoce cada cicatriz de mi cuerpo porque, de alguna manera, ha estado ahí para verla aparecer. Pero conoce, sobre todo, las cicatrices de mi alma. Y yo conozco las suyas.

Es mi polo opuesto.

Totalmente científica, física! que yo odio totalmente. Cero creyente, bastante más dura que yo y muy, pero muy italiana. Desordenada a morir y, digamos, la limpieza de la casa nunca ha encabezado su lista de prioridades.

Pero es una madre maravillosa. De esas que aman a sus hijos de una manera inmensa, feroz, sin medida. Fuerte frente a todo lo que le ha pasado en la vida, con un carácter y personalidad que a veces asusta. Y, en lo que a mí respecta, es la mejor amiga que alguien podría tener.

De esas que no juzgan. De esas que se sientan contigo cuando todo se desmorona. De esas que te reta por las estupideces que haces, pero te apoya igual, y te acompaña en las consecuencias.

De esas que lloran contigo —y créanme, a esta le cuesta llorar—. De esas que se alegran genuinamente con cada uno de tus éxitos, de tus alegrías, como si fueran propios.

Y de esas que, probablemente, esconderían «un cuerpo» si se lo pidieras. Sin demasiadas preguntas. Es mi amiga del alma. Mi hermana del alma.

Y aunque la vida nos ha separado una y mil veces, Linares, Viña, Rancagua, Conce, Austria, Alemania, USA, España, distancias enormes, incluso en aquellos tiempos en que no existían los celulares y mantenerse cerca requería bastante más esfuerzo que mandar un mensaje, ella siempre ha estado conmigo.

En cada etapa. En cada caída. En cada reinvención, en esta última reinvención. En cada versión de mí. Ella ha conocido a todas las mujeres que he sido.

A la niña, a la adolescente, a la mujer que creyó tener la vida resuelta, a la que se enamoró y llegó destrozada a sus brazos, a la que ha ido creciendo en el trabajo, y a la que tuvo que empezar de nuevo. Ha estado ahí para todas ellas.

Es mi hermana. Porque una hermana no es necesariamente alguien con quien compartes la sangre. Sino alguien que conoce toda tu historia y, aun así, decide seguir caminando a tu lado.

No ha tenido la mejor suerte en la vida. Le ha pasado de todo, terminando ahora último con su casa hecha cenizas en Chile. Pero siempre se ha levantado. Una y otra vez. También después de uno de los golpes más duros: la muerte de la Ceci, su madre. Y aunque la vida vuelva a ponerla a prueba, sé que se levantará de nuevo. Porque eso es lo que hace ella. Se pondrá de pie de nuevo, lo sé.

Eres mi hermana. No de sangre, no de apellido, ni siquiera de tinta.

De alma.

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