Excusas

Diciembre, 2020

A veces quisiera encontrar una excusa para llamarte. Una razón cualquiera, pequeña e inocente, que me permitiera escuchar tu voz o leerte sin sentir que estoy invadiendo un lugar al que nunca pertenecí.

Pero no quiero forzarte.

Con los años he aprendido —o al menos he intentado aprender— que quizás toda esta historia vivió únicamente en mí, en mi cabeza. Que mientras yo construía universos enteros con una mirada, una canción o una conversación, tú seguías tu camino sin sospechar la magnitud de lo que me pasaba. Tal vez nunca sentiste lo que yo sentí. Tal vez nunca hubo un «nosotros» fuera de mi imaginación.

Y sin embargo, mi corazón se rebela. Mi alma se niega. Mi cuerpo entero se resiste a aceptar que nunca te tuve realmente.

Porque yo sí te amé.

Te amé con la terquedad de los años, con la paciencia de las ausencias y con esa esperanza absurda que sobrevive incluso cuando la razón ya se rindió y se rindió buscando a alguien con quien completar el espacio vacío. Y dejarte ir me costó más de lo que jamás imaginaste, pensaste… cómo lo ibas a pensar si no sabías!. Nunca lo viste. Nunca has visto las batallas silenciosas que libré para arrancarte de mis pensamientos.

He intentado cerrar las heridas. He querido dar vuelta la página tantas veces que ya perdí la cuenta. Pero entonces suena una canción. Siento un perfume entre la gentr. Encuentro una fotografía olvidada de cuando éramos pequeños, veo a alguien con un vinilo, una guitarra apoyada contra una pared… y allí estás otra vez, intacto, habitando los rincones más profundos de mi memoria, de mi corazón.

Y lo más triste es que no te odio.

Me odio a mí por seguir queriéndote. Por no haber aprendido a olvidarte. Por conservar todavía, después de tanto tiempo, una pequeña luz encendida en algún rincón del alma, esperando que algún día, aunque sea por un instante, sientas por mí una parte de todo lo que yo sentí por ti, de lo que siento por ti, y de lo que probablemente siempre sienta por ti.


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