1988
Una mañana triste,
la soledad golpeó a mi puerta
y, sin que pudiera comprenderlo,
te llevó lejos de mí.
Ni siquiera pude verte una última vez,
aunque hubiera sido sólo para decirte
cuánto te quería, cuánto te quiero.
La muerte te arrancó de manos y desde entonces entendí
que hay despedidas contra las que nada puede hacerse.
Tu larga vida parecía desafiar el círculo inevitable del tiempo.
Creí que aún quedaban estaciones por compartir,
que todavía habría mañanas en las que encontraría tu voz esperándome.
Quise llorar.
Quise detener el reloj.
Pero mi valentía fue tan pequeña
como el instante que le quedaba a tu vida.
Siempre tu sabiduría respondía a mis preguntas
regalándome otras nuevas,
y convertía cada certeza en una invitación a seguir buscando.
Nunca me dejaste sola.
En los días más oscuros,
tu mano cálida encontraba mi hombro
antes incluso de que las lágrimas encontraran mis ojos.
En los días felices,
tu sonrisa caminaba junto a la mía
como una canción que conocía el camino de regreso a casa.
Y ahora que te has ido,
comprendo que aquella paz que me envolvía
no era el mundo.
Eras tú.
La inmensa soledad que hoy habita en mí
me hace entender que viviste regalándome vida.
Tus caricias.
Tus abrazos.
Tus grandes brazos abiertos, siempre esperándome.
Nada de eso faltó jamás.
Y, sin embargo, hoy falta lo único que realmente importaba. Tú.

Deja un comentario