2026
El día comienza y vuelvo a tomar mi maleta.
Otra vez un viaje. Otra vez una aventura distinta a la anterior. Otro país, otro continente, otro paisaje por descubrir. Un lugar nuevo que todavía no sé si amaré.
Nuevos rostros, nuevas conversaciones, nuevas carcajadas. Cenas que se alargan hasta la madrugada con equipos diferentes, historias diferentes, idiomas distintos.
“Qué entretenido es tu trabajo.”
“Siempre estás haciendo algo nuevo.”
“Viajas muchísimo.”
“Conoces lugares y personas increíbles.”
Y es cierto.
Pero entre tantos cambios, entre aeropuertos, mapas, abrazos fugaces y fotografías, se esconde una monotonía silenciosa. No la que todos conocen. No la que nace de hacer siempre lo mismo.
Es una monotonía más profunda, más agotadora.
La de ir perdiendo, poco a poco, lo verdaderamente real y quedarse apenas con la cáscara.
Porque puedes recorrer ciudades con climas totalmente opuestos, caminar entre montañas o edificios modernos, cruzar océanos y cambiar de idioma cada semana… pero al final del día siempre abres la puerta de una habitación de hotel.
Quizás no sea la misma.
Quizás cambien las paredes, las vistas desde la ventana o el número de la puerta.
Pero la rutina es idéntica.
Y entonces descubres que la verdadera aventura no era cambiar de destino, sino tener un lugar al que volver.
Es ahí donde empiezas a extrañar la monotonía auténtica.
La de llegar a casa.
La de escuchar las voces de mis hijos.
La de compartir el silencio con quienes no son solo risas pasajeras ni cenas hasta tarde.
Con quienes permanecen.
Con quienes son, simplemente, reales.El día comienza y vuelvo a tomar mi maleta.
Otra vez un viaje. Otra vez una aventura distinta a la anterior. Otro país, otro continente, otro paisaje por descubrir. Un lugar nuevo que todavía no sé si amaré.
Nuevos rostros, nuevas conversaciones, nuevas carcajadas. Cenas que se alargan hasta la madrugada con equipos diferentes, historias diferentes, idiomas distintos.
“Qué entretenido es tu trabajo.”
“Siempre estás haciendo algo nuevo.”
“Viajas muchísimo.”
“Conoces lugares y personas increíbles.”
Y es cierto.
Pero entre tantos cambios, entre aeropuertos, mapas, abrazos fugaces y fotografías, se esconde una monotonía silenciosa. No la que todos conocen. No la que nace de hacer siempre lo mismo.
Es una monotonía más profunda, más agotadora.
La de ir perdiendo, poco a poco, lo verdaderamente real y quedarse apenas con la cáscara.
Porque puedes recorrer ciudades con climas totalmente opuestos, caminar entre montañas o edificios modernos, cruzar océanos y cambiar de idioma cada semana… pero al final del día siempre abres la puerta de una habitación de hotel.
Quizás no sea la misma.
Quizás cambien las paredes, las vistas desde la ventana o el número de la puerta.
Pero la rutina es idéntica.
Y entonces descubres que la verdadera aventura no era cambiar de destino, sino tener un lugar al que volver.
Es ahí donde empiezas a extrañar la monotonía auténtica.
La de llegar a casa.
La de escuchar las voces de mis hijos.
La de compartir el silencio con quienes no son solo risas pasajeras ni cenas hasta tarde.
Con quienes permanecen.
Con quienes son, simplemente, reales.

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