Qué curioso
Pasé tanto tiempo deseando escapar de la monotonía que olvidé cuánto podía extrañarla.
Extrañaba la rutina de volver a casa. De no tener nada importante que hacer. De jugar un juego o dos. De dejar una película a medias porque la conversación terminó siendo más interesante. De escuchar a los niños hablar de sus cosas, de reírnos por sus locuras que, vistas desde fuera, no tendrían ninguna importancia.
Hace unos meses, todo tenía un peso imposible de explicar. Las heridas pesaban. Mis decisiones pesaban. El trabajo pesaba. Incluso los días más simples parecían pedir una fuerza que ya no sabía de dónde sacar.
Y seguí caminando.
Entonces llegó otra clase de monotonía: la de los aeropuertos, las salas de embarque, los hoteles que terminan pareciéndose todos, las maletas que nunca se deshacen del todo y las ciudades que apenas alcanzas a mirar antes de volver a partir.
Fue una monotonía extraña. Una que me mantuvo en movimiento cuando detenerme habría significado escuchar demasiado, escucharme demasiado, seguir escuchando los dolores. Durante un tiempo, ese constante ir y venir fue una forma silenciosa de sobrevivir.
Pero esta… esta es distinta.
Esta es la monotonía de las risas imparables y sin sentido de mi Toto. Del humor negro de mi Benja. De sentarnos juntos sin hacer nada que merezca una fotografía. Conversar. Jugar. Compartir el mismo espacio sin necesidad de llenar todos los silencios. De ver mis plantas que me maravillan, de ver mis árboles como han crecido.
Y qué extraño descubrir que aquello que antes también me pesaba… hoy es exactamente el lugar donde descanso.
Porque los dolores no desaparecen de un día para otro. No se evaporan. Aprenden a esconderse. A convivir contigo sin ocupar todo el lugar, aún cuando a veces, se me escapan sin poderlos controlar.
Pero un día, casi sin darte cuenta, descubres que vuelves a reír de verdad. Que una tarde cualquiera puede convertirse en el mejor momento de la semana. Que la paz no siempre llega con fuegos artificiales; a veces llega disfrazada de una película cualquiera, de juego sin importancia o de una conversación que nunca recordarás palabra por palabra.
Creo que esta es la buena monotonía.
La que no me pide huir.
La que no intenta distraerme.
La que, sin hacer ruido, me devuelve a casa.
Y quizá sanar nunca fue dejar de sentir dolor.
Quizá sanar era esto: volver a encontrar belleza en lo que siempre estuvo ahí.

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