La razón de «Langostita»

Marzo, 2005

Siempre me ha gustado la serie Friends. Todos sus personajes me parecen increíbles y, aunque es una serie ligera, divertida, de esas que uno puede ver una y otra vez, hay un capítulo que, por alguna razón, se me quedó siempre en el corazón.

No soy tan fanática como para recordar la temporada, ni mucho menos el número exacto del episodio. Solo recuerdo que Ross y Rachel ya no estaban juntos y que Phoebe, con esa manera tan suya de entender el mundo, insistía en que algún día volverían a encontrarse. Porque Rachel era su «langosta».

Cuando le preguntan qué quiere decir con eso, Phoebe explica que las langostas, cuando se enamoran, ya no se separan. Que caminan juntas, tomadas de las tenazas, acompañándose hasta el final de sus días.

Y, como si el universo quisiera darle la razón, al final de aquel capítulo Ross y Rachel vuelven a besarse. Entonces Phoebe los mira y dice: «¿Viste? ¡Es su langosta!».

Yo era chica entonces. Y todavía creía que el amor era siempre hermoso. Que las historias terminaban bien. Que, después de perderse un poco, dos personas que estaban destinadas a encontrarse siempre encontraban el camino de regreso.

Es por eso, desde aquel día, empecé a usar «Langostita» como mi apodo. Era una especie de promesa secreta. Una manera inocente de esperar.

Porque, en algún rincón de mí, imaginaba que algún día llegaría mi langosta. Esa que reconocería mis tenazas entre todas las demás y decidiría quedarse. Esa que caminaría conmigo, sin soltarme, hasta donde alcanzara la vida.

Y mi langosta llegó. Sólo que llegó de una manera distinta a la que yo había imaginado. No quiso tomarme de las tenazas. Quizás porque sus tenazas ya buscaban otras. Quizás porque algunas langostas llegan a nuestra vida sin saber que llevamos años esperándolas.

O quizás porque yo era su langosta… pero él nunca fue la mía.

Y así me quedé. Con las tenazas vacías. Sin mi langosta.

Sin él.

Pero todavía siendo, de alguna manera, Langostita.

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