La Profundidad de la Risa

6 de Julio 2026

Siempre le dije a mi madre que odio las películas dramáticas. Prefiero la acción, el suspenso o incluso una buena comedia. “Para el drama tenemos la vida”, ha sido siempre mi respuesta a las innumerables veces que ha intentado convencerme de ver alguna de sus recomendaciones.

Hace muchos años, cuando mi hijo del medio tenía apenas dos años, la escuché jugar con él usando un teléfono de juguete.

“¿Hola María cómo estás? ¡Pero qué terrible!, ¡Qué espantoso!”

La escuché seguir inventando desgracias y no pude evitar decirle:

“mamá, ¿Por qué para ti siempre las historias tienen que ser terribles y espantosas?”

“estoy sólo jugando” me respondió.

Entonces tomé el teléfono de juguete y respondí:

“Hola María, ¿Cómo estás? ¡Pero qué fantástico!, ¡Qué maravilla!”

Se rió y me dijo que tenía razón. De más está decir que poco tiempo después ya se le había olvidado.

Y es que siempre he pensado que la vida, por sí sola, ya es bastante difícil. No necesitamos agregarle más peso del necesario. Lo mejor que podemos hacer es volverla un poco más liviana, un poco más amable. No se trata de vivir con los ojos cerrados ni de negar el dolor. Se trata de elegir desde dónde lo miramos. De decidir si queremos detenernos en el vaso medio vacío o agradecer que todavía queda agua en él.

He vivido momentos maravillosos. También he atravesado dolores tan profundos que llegaron a hacerme cuestionar si quería seguir viviendo. Pero incluso en esos instantes, cuando parecía que no había salida, me miré al espejo, me di un golpe imaginario en la cara y dije: “pues si no sales tú, quién te saca”.

Y salí.

No porque fuera más fuerte que el dolor, sino porque entendí que nadie podía recorrer ese camino por mí. Con el tiempo descubrí que, paradójicamente, fueron precisamente esos momentos los que más me transformaron. Los que me obligaron a conocerme, a reconstruirme y, finalmente, a valorarme.

Conocerme no es fácil. Hablo mucho, me río con facilidad y casi siempre tengo una broma lista, incluso cuando la vida aprieta. Hay quienes confunden esa ligereza con superficialidad. Creen que porque sonrío no profundizo; que porque hago reír, no siento. Y quizá esa primera impresión juega a mi favor.

Porque mientras algunos piensan que no doy para más, bajan la guardia. Y es justo ahí donde ocurre algo que siempre me ha parecido fascinante: las personas empiezan a mostrarse tal como son. Hablan de sus miedos, de sus pérdidas, de aquello que no le cuentan a cualquiera. No porque yo tenga respuestas extraordinarias, sino porque intento ofrecerles algo mucho más escaso: una escucha sin juicio.

A pesar de los innumerables tropiezos —muchos más de los que estaría dispuesta a admitir aquí— sigo encontrando algo bueno en las personas, incluso en aquellas en las que parece imposible verlo. No porque crea que todos son buenos, sino porque he aprendido que casi todos cargan una historia que explica, aunque no justifique, lo que son.

Y cuando llega ese momento, cuando el otro siente que no será juzgado, decido abrirme también. Ser honesta. Ser asertiva. Empatizar. Entonces la conversación deja de ser superficial y se convierte en un encuentro. Y descubres que ya entraste. Que, de alguna manera, vas a quedarte.

No hablo sólo de amistad. Hablo de cualquier vínculo verdaderamente humano.

Una vez alguien me dijo: “eres más ingeniero comercial que psicóloga”.

Me gustaría decirle a esa persona, también psicólogo, que la vida, con sus golpes y sus regalos, ha sido mi mayor educación. Y que, hasta el día de hoy, me ha demostrado que muchas veces se puede ejercer la psicología con un título, pero también con una capacidad genuina de mirar al otro, comprenderlo y acompañarlo. A veces, incluso mejor que algunos que hacen terapia hoy en día.

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