Historia de (Des) Amor

2022

No sirvo para escribir de otra cosa que no sea del amor. Nunca he podido. En mi cabeza, las historias siempre terminan encontrando la luz, aunque antes tengan que atravesar todos los inviernos. Quizá sea porque crecí creyendo en las princesas de Disney y en esa promesa ingenua de que, al final, el amor siempre encontraba el camino de regreso. O quizá porque soy Piscis, y los Piscis tenemos esa absurda costumbre de seguir creyendo que, aunque la vida sea imperfecta, el amor no tendría por qué serlo.

Tal vez también tenga que ver con la forma en que crecí. Nadie me habló nunca del sexo. Era un tema prohibido, tabú, una puerta que había que abrir sola, a oscuras y a tientas, entonces, no necesariamente lo involucraba cuando hablábamos de amor.

O quizá sea, simplemente, porque mi cabeza es de esas a las que resulta más fácil partir en dos que convencer de abandonar una idea. Y en esa obstinación mía, esta historia de (des)amor siempre ha sido —y sigue siendo— una historia de amor. Y, aunque espero que algún día deje de serlo, sospecho que aún le quedan algunas páginas por escribir, aunque sea sólo en mi cabeza.

O tal vez sea porque siempre termino viendo lo mejor de las personas. Es una mala costumbre. Me ha costado decepciones y unos cuantos tropiezos, pero aún no consigo desprenderme de ella. Sigo creyendo que la intensidad deja huellas. Que nadie puede atravesar una historia como la que yo viví, compartir la intimidad que compartimos, habitar los silencios que habitamos, sin que algo permanezca.

La vida, eso sí, se ha encargado de demostrarme una y otra vez que no siempre es así. Pero volvemos a mi obstinada cabeza, esa que es incapaz de desalojar una idea cuando decide convertirla en verdad.

Y no, no creo que las personas sean malas. Al contrario. Creo que cada uno ama con la historia que carga, con las heridas que arrastra, con los miedos que aprendió a esconder. Nadie siente igual que otro. Nadie recuerda igual. Nadie permanece de la misma manera.

Por eso el amor casi nunca ocurre en el mismo lugar para los dos. Siempre hay alguien que ama un poco más. Alguien que llega antes o se queda después. Alguien que entrega mientras el otro apenas aprende a recibir. Y, a veces, el otro simplemente no ama. No porque sea cruel, sino porque nunca estuvo habitando la misma historia.

Esa también es una forma de amar: descubrir demasiado tarde que el lugar donde uno construía un hogar, para el otro era apenas una estación de paso.

Y esa es parte de la historia. De la mía.

Me enamoré una vez. Una sola vez en toda la vida. De verdad, y al menos por ahora, aunque no sé si tenga la edad ya para pasar por eso otra vez.

Los otros amores fueron distintos. Un poco más de cabeza que de corazón; más del “así debería ser” que del “no puedo evitarlo”. Algunas nacieron del cariño, otras de la costumbre, otras simplemente porque parecía lo correcto. Pero enamorarme… enamorarme de verdad, solo una vez.

Lo conozco desde siempre. O casi.

Nos cruzamos por primera vez cuando teníamos diez años. No podría decir que fuimos amigos; en realidad, nunca lo fuimos. Éramos compañeros de colegio, nos llevábamos bien, nos reíamos mucho, pero cada uno habitaba su propio mundo.

Yo, por entonces, tenía los ojos puestos en otro niño. Alcancé a ser su polola unos meses y, para ser honesta, me siguió gustando hasta poco antes de terminar el colegio.

De él, en cambio, recuerdo otras cosas. No recuerdo que me llamara la atención como un posible amor. Ni siquiera recuerdo si tuvo muchas pololas. Creo que alguna vez salió con una chica un año menor y me parece que fue con ella a la fiesta de graduación, pero ni de eso estoy completamente segura.

Lo que sí recuerdo es su risa.

Recuerdo cómo transformaba cualquier recreo o clase en un pequeño espectáculo. Cómo se subía a las mesas para cantar canciones de Kiss como si la sala de clases fuera un escenario. Y recuerdo, sobre todo, la expresión de la profesora de inglés, la miss Cony, siempre pálida, mirándolo y gritándole con ojos desorbitados y con la cara roja, aunque sabía que con él era una batalla perdida. Él se divertía. Nosotros también.

Después salimos del colegio y la vida hizo lo que suele hacer: nos llevó por caminos distintos.

Supe algo de él de vez en cuando, noticias sueltas que llegaban sin que yo las buscara. Pero, si soy sincera, tampoco me importaba demasiado. Era alguien que pertenecía a mis recuerdos de infancia, nada más.

Además, eran otros tiempos. No existían los móviles, las redes sociales ni esa costumbre de seguir la vida de quienes alguna vez conocimos. Cuando alguien desaparecía de tu camino, simplemente era eso… desaparecía.

Me casé muy joven. Tenía apenas veinte años. Durante mucho tiempo dije que me había casado por amor. Hoy sé que no era verdad. Me casé porque estaba embarazada. Porque eso era lo que se esperaba en esos años al menos para las familias ultra tradicionales como la mía. No fue por presión de mis padres —ellos nunca me obligaron—, sino por esa presión silenciosa que ejerce la sociedad cuando una cree que solo existe un camino correcto.

No estaba enamorada. Y lo más duro de reconocer es que lo sabía. Siempre lo supe. Recuerdo el día de mi matrimonio con una claridad que todavía me sorprende. Mientras todos sonreían, mientras las fotografías intentaban inmortalizar un momento feliz, yo sólo quería salir corriendo. Literalmente correr. Dar media vuelta y desaparecer. Pero no lo hice. A los veinte años todavía no sabía que, a veces, la valentía consiste muchas veces precisamente en decepcionar las expectativas de los demás.

Estuve casada casi tres años. Hasta que un día dije “basta”.

Volví a la casa de mis padres con mi hija en brazos y una sensación extraña de fracaso y alivio al mismo tiempo. En esa época, separarse tampoco era algo que se mirara con buenos ojos. Mis padres me recibieron, me sostuvieron y nunca dejaron de quererme, pero, aunque me apoyaban, sé que también les dolía.

Hubo una persona, sin embargo, que nunca dudó de mi ni de mi decision. Mi madrina. Ella estuvo a mi lado cuando muchos opinaban y pocos acompañaban. Nunca olvidaré una frase que me dijo, porque cambió para siempre la forma en que entendí los momentos en que una siente que está perdida: “No importa que no sepas adónde vas. Lo importante es que sigas caminando. La vida se encargará de mostrarte el camino.” Algunos años después ella también se separó. Quizá escuchó sus propias palabras.

Ese tiempo fue caótico.

Como decimos en Chile, se me soltaron las trenzas. Empecé a salir demasiado y sobre todo a tomar mucho. Gracias a Dios nunca me he drogado, sino la historia habría terminado mal. Creía que ese era mi único problema, el tomar mucho, cuando en realidad solo estaba intentando anestesiar otros que todavía no sabía nombrar.

Y, aun así, seguía siendo una niña de Iglesia. No porque mis padres me hubieran criado así. De hecho, no fue esa la razón. Creo que fueron tantos cambios de casa, de ciudad, de colegio; tantas despedidas cuando todavía era pequeña, que terminé encontrando en Dios el único lugar que parecía no moverse nunca. Extraño esa fe sencilla. Extraño la paz que sentía entonces. La extraño de verdad. Y eso que encontré en la Iglesia hizo, que por un momento, el salir mucho, el tomar mucho, fuera el único “problema”.

Hasta que lo encontré. O, quizá, sería más justo decir que la vida volvió a cruzarlo en mi camino.

Fue en un trabajo de esos que uno acepta porque la vida no deja demasiado espacio para elegir. Yo no tenía opción. Había vuelto a vivir con mis padres, tenía una hija pequeña y necesitaba empezar de nuevo.

Agradecía profundamente que me hubieran abierto otra vez las puertas de su casa – siempre lo hicieron y lo siguen haciendo -, pero la convivencia se iba volviendo cada día más difícil. Ya no sabía cómo volver a ser hija después de haber intentado ser mujer y de haber aprendido, a la fuerza – una fuerza maravillosa – a ser madre. Sentía que ya no cabía en ese lugar que durante tantos años había sido mi refugio.

Quería algo que parecía sencillo, pero que entonces era un lujo: mi independencia. Mi propio espacio. Un rincón que pudiera llamar hogar y donde pudiera empezar a reconstruirme, esta vez con mis propias reglas.

El lugar era un asco de verdad, sin embargo, valió la pena haber trabajado ahí. Porque lo vi. Y fue como conocerlo por primera vez. No sé qué pasó. No podría decir cuál fue el instante exacto en que dejó de ser aquel compañero de colegio para convertirse en alguien que yo ya no podía dejar de mirar. Solo sé que algo cambió. De pronto me pareció más guapo. Más tranquilo. Más seguro de sí mismo. Más él.

Había desaparecido ese niño que se subía a las mesas para cantar canciones de Kiss, el que hacía reír a muchos y parecía incapaz de quedarse quieto. O quizá seguía siendo el mismo. Sólo que ahora yo era capaz de verlo.

Si bien me acuerdo de muchas cosas de ese tiempo, las fechas, en cambio, ya empezaron a difuminarse. Estoy casi segura de que fue mientras trabajábamos juntos. Tal vez ocurrió un poco antes. La memoria tiene la mala costumbre de proteger algunas heridas y borrar los bordes de otras. Quiero creer que es la edad… aunque sospecho que también es una forma elegante que tiene el corazón de sobrevivir.

Lo que sí recuerdo con absoluta claridad es la primera noche. Una de esas noches que, de vez en cuando, todavía maldigo, porque no puedo borrarla de mi mente.

Nos invitó a su departamento. Había invitado a varios antiguos compañeros del colegio. En ese tiempo todavía vivía con sus padres. Nadie llegó. Nadie, excepto yo. Y sin saberlo, esa ausencia de todos los demás terminó cambiando el rumbo de mi historia; de toda mi historia.

Nos quedamos conversando inicialmente tímidos durante un rato. Llamamos a algunos; todos se disculpaban. Luego fueron conversaciones de horas. Tomando algo, riéndonos, dejando que la noche se hiciera cada vez más larga. Han pasado demasiados años como para recordar cada palabra. La memoria rara vez conserva las conversaciones; lo que guarda es la forma en que alguien nos hizo sentir.

Y yo recuerdo exactamente eso. Recuerdo estar fascinada. Fascinada con su manera de mirar el mundo. Con esa curiosidad inagotable por los libros. Con la música. Con la naturaleza. Con las preguntas que hacía. Con la facilidad con que una conversación podía saltar de un disco a un poema, de un árbol a un sueño.

Hoy sonrío – con un poco de dolor – al recordarlo. Éramos apenas unos jóvenes de veinticinco o veintiséis años, convencidos de que ya entendíamos la vida. No entendíamos nada. Pero, por primera vez, sentí que había encontrado a alguien que hablaba el mismo idioma que yo. Siempre tengo ganas, muchas ganas, de recordar con más detalle; de por un instante hacer vívido el momento. Sé que no puedo.

Porque esa noche lo cambió todo.

Los dos habíamos tomado más cervezas de la cuenta – demasiadas – y, sinceramente, ya no recuerdo cómo terminamos en su dormitorio. Solo recuerdo que seguimos conversando. Me mostró algunas cosas que hablaban de él, nos reímos, dejamos que la noche siguiera estirándose como si no tuviera prisa.

Y entonces… Me besó.

No fue un beso especialmente delicado. Fue impulsivo, torpe, casi brusco. Durante mucho tiempo quise creer que había sido el alcohol el que había hablado por los dos. Era una explicación más sencilla. Más amable con mi corazón.

Me quedé hasta la mañana siguiente.

No voy a detenerme en los detalles. Nunca me ha gustado hacerlo. Hay recuerdos que pertenecen a la intimidad de dos personas, incluso cuando la historia ya terminó hace mucho tiempo. Solo diré que amanecimos juntos. Recuerdo salir de ese departamento con un dolor de cabeza insoportable y una sonrisa que parecía no caberme en la cara.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo hermoso podía estar comenzando.

Pero esperé una llamada. Un mensaje. Cualquier señal que me hiciera pensar que él tenía la misma sonrisa. Nunca llegó. Y mi sonrisa se desvaneció.

Llegó el lunes – o eso recuerdo. Seguíamos viéndonos todos los días en el trabajo. Conversábamos como siempre. Salíamos con los compañeros: partidos de fútbol donde las mujeres hacíamos barra, bares de jueves por la noche, de viernes por la noche, cumpleaños, departamentos llenos de música y risas.

La vida seguía acercándonos. Y hubo otras noches. No muchas, no suficientes, pero las suficientes para que el destino volviera a cruzarnos.

Una fue en mi departamento. Por fin tenía algo mío. Un lugar prestado de alguna forma, pero propio. Un espacio que podía pagar y al que podía llamar hogar. Recuerdo que esa noche dejamos a algunos conversando y nos fuimos sin que se dieran cuenta de que ya no estábamos. O, al menos, eso creíamos. Era el alcohol el que nos hacía pensar que habíamos pasado desapercibidos, porque estuvimos fuera un buen rato.

También nos escontramos en rincones improvisados. Incluso en la lavandería de un edificio, en un episodio que, visto desde hoy, todavía me hace sonrojar. Nuestros compañeros de trabajo estaban ahí. Más de alguno debió darse cuenta. Creo que, en realidad, todos lo supieron. Estando esa noche o no.

Pero, por alguna razón, parece que la única que no entendía era yo. Porque mientras los demás parecían entender perfectamente qué estaba ocurriendo, yo seguía creyendo que aquello era el comienzo de una historia.

Después de cada encuentro volvía a pasar exactamente lo mismo. Esperar una llamada. Esperar un mensaje. Esperar esa pequeña confirmación que nunca llegaba y que, aun así, yo seguía convencida de que aparecería al día siguiente.

Y luego al siguiente. Y al siguiente también.

En ese período hubo sólo una llamada, la llamada de la esperanza. Me llamó para saber si estaba bien. Recuerdo mis manos temblando con el teléfono al ver su nombre, la alegría en mi rostro, que aún cuando no me podía ver porque iba caminando por la calle, sabía que tenía una de las sonrisas más grandes que he tenido. Pero llamó sólo para saber si estaba bien porque pensó que la noche anterior me había hecho daño. No quería quedarse con cargo de conciencia. Mi sonrisa se desvaneció.

Después de un año en ese trabajo, me despidieron.

Nunca me gustó ese lugar. Cometía pequeños errores que, aunque no eran imperdonables, sí eran importantes para el tipo de trabajo que hacía. Pero, si soy sincera, creo que todos, hasta mi jefa, que me detestaba porque sabía que entre él y yo había algo, – y ella también quería algo con él— entendían cuál era la verdadera razón por la que seguía ahí.

No era el trabajo. Era él. Creo que todos lo sabían. Todos, absolutamente todos menos él. O quizá el también si, sí lo sabía y, simplemente, nunca le interesó saberlo.

Lo que más me dolió al salir de ahí no fue perder el trabajo. Desde muy joven supe que me iría bien. Lo que me dolió fue saber, en el fondo, sabía que ese era el comienzo del fin de nuestra historia, si es que alguna vez se le pudo llamar historia.

Sin un trabajo en común, sin compañeros que nos reunieran, sin la excusa de un cumpleaños, un partido de fútbol o un carrete, ya no habría motivos para volver a encontrarnos. Al menos, no con la frecuencia con la que hasta entonces el destino había insistido en cruzarnos.

Y así fue.

En esa época los celulares servían poco más que para hacer llamadas o enviar mensajes. Nadie los llevaba pegados a la mano como ahora. Yo, además, tomé una decisión: mantenerme lo más lejos posible del teléfono. Era la única forma que encontré de protegerme de mi propia impulsividad – que siempre ha sido excesiva-, de esa tentación permanente de llamarlo con la esperanza de escuchar algo que nunca terminaba de llegar.

Ese fue un período muy oscuro de mi vida. Di bote por todas partes. Salí con uno y con otro, siempre cuando mi hija no estaba conmigo. Sentía que la vida era sólo para ella y que, en los días en que no la tenía a mi lado, yo no valía nada.

Nada.

Porque así me había sentido después de él. Pensaba que, si la única persona de la que realmente me había enamorado no podía quererme, ¿por qué habría de hacerlo alguien más? Tomaba demasiado. Dormía con uno, luego con otro. Intentaba llenar un vacío que, en realidad, siempre volvía a abrirse al día siguiente.

Pero no podía sacarlo de mi cabeza, ni del corazón, pero lo peor de todo, no podía sacarlo del alma. Y creo que, en el fondo, nunca he podido. Siempre ha estado ahí, de una u otra manera, ocupando un rincón que jamás terminó de vaciarse.

La vida siguió.

Me volví a casar. Llegaron otros dos hijos maravillosos que, junto a mi primera hija, son la razón de mi existencia. Ellos son mi refugio, mi fuerza y el lugar al que siempre vuelvo, incluso cuando siento que me he perdido.

Y, como suele hacer la vida, siguió avanzando. Fue una vida distinta. Una vida buena en muchos aspectos. Llena de aprendizajes, de responsabilidades, de alegrías pequeñas y de dolores inevitables. Una vida real. Imperfecta. Como todas.

Pero no era la vida que había imaginado. Y, si soy completamente honesta, todavía no lo es. Porque durante mucho tiempo imaginé todos mis futuros con él. Los más grandes y también los más insignificantes. Imaginé una casa, unos hijos, viajes, discusiones, reconciliaciones, una vejez compartida. Imaginé las rutinas, los silencios, los domingos, las compras del supermercado, los libros sobre el velador, las vacaciones, las canas.

Imaginé una vida. Y ninguna de esas cosas ocurrió.

Con los años entendí que una de las formas más silenciosas del duelo no es perder a una persona. Es despedirse de la vida que uno construyó con ella en la imaginación. Porque esa vida nunca existió y, sin embargo, duele como si hubiera sido real. Simplemente no fue.

Lo he vuelto a ver un par de veces en las reuniones de curso. Lo sigo saludando cada año para su cumpleaños. Y, salvo en días excepcionales o en momentos en que la vida logra distraerme, sigue siendo —después de mis hijos— el primer pensamiento que me acompaña al despertar y el último antes de cerrar los ojos.

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