Decidí no escribirte. Quizá sea lo mejor.
Hay noches en las que los dedos me tiemblan con la necesidad de saber de ti, de romper este silencio que se ha instalado entre nosotros como una casa vacía. Pero la vida debe volver a su cauce, y yo debo aprender, por fin, a mirar la realidad sin vestirla con mis propios sueños.
Pasé años buscándote. Años queriéndote. Años guardando la esperanza de que algún día nuestros caminos dejarían de rozarse para, al fin, caminar juntos. Muchos años. Demasiados.
Y durante todo ese tiempo mantuve viva una pequeña llama: la ilusión de que, en algún rincón de tu pecho, escondías lo mismo que yo. Que también pensabas en mí cuando caía la noche. Que también luchabas contra el impulso de escribir. Que también existía en ti esa necesidad silenciosa de saber cómo estaba, qué hacía, si aún sonreía al recordar tu nombre.
Pero hoy, con los años sobre los hombros y una mirada más adulta, entiendo algo que duele precisamente porque es sencillo.
Si tu interés hubiera sido como el mío, habría encontrado el camino hasta mí. Habría nacido de tí el primer mensaje, la primera llamada, la necesidad inevitable de saber de mi vida. Habría habido unos dedos inquietos incapaces de no escribir frente al teléfono.
Pero ese gesto nunca llegó.
Y quizá esa ausencia, más que cualquier palabra, ha sido siempre la respuesta.

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