Julio 2026
Estoy con licencia médica. Una piedra en la vesícula decidió hacer lo que yo llevaba meses postergando: obligarme a detenerme. No es que lo vaya a hacer del todo, me conozco y seguiré trabajando, pero más relajada.
Aprovechando el pequeño descanso, voy a hacer algo que incluso me está gustando más que leer, más que hacer deporte, más que ver mis plantitas crecer. Escribir. Uno cree que escribe para ordenar las ideas, pero a veces escribe porque ya no queda otro lugar donde guardar las ideas y la vida.
Y quiero hablar del momento en que vivo, porque escribir últimamente ha sido mi mejor vía de escape para liberar tensiones, ha sido parte del camino que explicaré.
Esta es mi segunda separación o divorcio (aún no hacemos el papeleo) Y, será la última por supuesto. No porque esté negando algo, ni porque me haya cerrado completamente, sino que después del primer matrimonio nunca me quise volver a casar, lo encontraba innecesario, pero al final sucumbí ante la presión externa, pero para estar con alguien creo que no se necesita tener un papel que lo compruebe, se necesita querer estar con la persona y elegirla siempre, cada día. Y creo que ya he vivido suficiente para entender que las promesas no sostienen una vida. Las personas sí y, a veces, ni siquiera eso.
Mi primer matrimonio/separación fue cuando yo era apenas una niña que jugaba a ser adulta, básicamente pasé de jugar a las muñecas, a tener mi “muñeca” de verdad. Había salido hacía poco del colegio y todavía no entendía demasiado del mundo ni de mí misma. Esa relación duró poco. No dejó grandes historias, ni grandes cicatrices. Pero me dejó una de los primeros milagros de mi existencia: una hija maravillosa, el primer gran amor de mi vida. Ella fue suficiente para entender rápidamente que ya no necesitaba otro hijo. Mucho menos uno mayor que yo.
La decisión de separarme llegó como un golpe en mi cabeza por la cosa más ínfima que uno se pueda imaginar. Lavaba platos. Había llegado cerca de la una de la mañana el día anterior después de estudiar con mis compañeros para un examen. Mi hija, de apenas dos años y medio, seguía despierta corriendo por la casa. Todo era un desastre. Él jugaba computador con un amigo.
Pregunté si la niña había comido. «No.» Preparé comida, limpié, le di de comer a mi niña y la acosté. Estaba cansada y dejé los platos para el día siguiente.
Mientras los lavaba, él llegó a la cocina y me preguntó algo completamente insignificante. Ya ni siquiera recuerdo qué era. Lo miré, miré los platos, volví a mirarlo. Cerré la llave del agua, entré a la pieza, saqué una maleta. Y empecé a guardar mi ropa.
Para él fue una sorpresa, pero para mí, la decisión llevaba años ocurriendo. Y me fui a la casa de mis padres con mi hija.
Fue un tiempo difícil. No porque alguna vez realmente lo haya amado, aún no había aprendido eso. Fue difícil porque había enterrado un futuro entero, el que me había creado en mi cabeza cuando me casé. El cuento que me enseñaron desde niña con las princesitas Disney, ese donde el amor era para siempre, se rompía delante de mis ojos.
Casi nadie entendió. Solo mi madrina. Ella no intentó convencerme de volver. No me dijo que tuviera paciencia, no me pidió aguantar un poco más. Sólo me dijo:» Sigue caminando. Aunque no sepas hacia dónde. La vida te va a mostrar el camino.»
Y tenía razón: La vida siempre termina mostrando un camino. Sólo que nunca es el que imaginábamos.
En esos años apareció alguien. No duró. Ni siquiera podría decir que fue realmente algo, pero me quedó grabado hasta el día de hoy. Hay personas que no necesitan quedarse para cambiar una vida. Fue un amor que llegó cuando yo todavía estaba aprendiendo a respirar de nuevo. Un amor que me enseñó que el alma también reconoce hogares en otros ojos, que existen personas que vienen a recordarnos quiénes somos cuando alguien nos mira de verdad y a entender que hay amores cuya misión no es acompañarnos para siempre, sino despertarnos para siempre. Pero este es tema de otros posts, no de este.
Después de algunos años conocí a quien sería mi segundo marido. Fueron veinte años. ¡Qué fuerte! Veinte años parecen una vida entera. En ese tiempo llegaron mis otros dos hijos, completando el milagro más grande que me ha regalado esta vida. Si alguna vez alguien me preguntara qué hice bien en esta vida, respondería sin pensar: ellos.
Mis tres hijos son el centro de todo lo que soy. Han sido mi brújula cuando perdí el norte, el motivo por el que me levanté y me levanto incluso en los días en que no encontraba razones para hacerlo. Son mi única certeza. Todo lo demás ha cambiado de forma; ellos no. Por ellos crucé a otro continente, soporté despedidas imposibles, trabajé hasta el agotamiento y seguí caminando cuando lo único que quería era quedarme inmóvil. No existe versión de mí que no los tenga en el centro. Todo lo bueno que existe en mí, es gracias a ellos.
Mi exmarido es un hombre bueno. De esos que cada vez cuesta más encontrar (o al menos es lo que dicen, estuve veinte años con él, por lo que no lo sabría). Siempre fue cariñoso, respetuoso, caballero. A veces demasiado tradicional para una mujer como yo, pero nunca dejó de ser un hombre noble. Y es, sin ninguna duda, el mejor padre que he conocido. Incluso mejor que el mío.
Y esa fue, probablemente, la razón por la que me duré tanto tiempo. ¿Cómo se termina una relación con alguien que, visto desde afuera, parece casi perfecto? La respuesta siempre estuvo escondida en esa palabra. Casi. Porque a veces el amor no termina por la presencia de algo malo, sino por la ausencia de algo esencial.
Él siempre eligió el optimismo. Un optimismo tan porfiado que terminaba negando la existencia de los problemas. Como si bastara con no mirarlos para que desaparecieran. Yo, en cambio, necesito enfrentar las cosas, resolverlas, solucionar los problemas. Y me desgastaba sentir que empujaba sola una vida que era de los dos. Sentía que luchaba contra la corriente.
Con los años empecé a sentir que tenía un compañero de casa, un excelente padre para nuestros hijos… pero no un par. No alguien con quien repartir el peso de todo lo que pasaba. Y esa sensación fue creciendo silenciosamente.
Porque yo sé que tengo un defecto enorme: hablo mucho, pero callo demasiado. Converso de todo, menos de aquello que verdaderamente me va matando por dentro. Voy guardando pequeñas heridas hasta que un día ya no queda espacio para más. Y cuando eso ocurre, no exploto. Simplemente me voy.
Durante años me negué a aceptar que no era feliz. Me repetía que el amor también era permanecer, en las buenas y en las malas (eso te dicen al menos cuando te casas). Que uno no podía dejar a una buena persona sólo porque el corazón se sintiera cansado.
Hasta que emigramos. Mi trabajo ya me hacía muy difícil seguir viviendo en mi país. Los horarios, los viajes, los cambios de horario… hubo meses en que dormir dos o tres horas era completamente normal. (no es que duerma mucho más pero un poco más que eso sí)
Pero el verdadero precio no fue el cansancio. Fue dejar a mi hija mayor. Hay despedidas que parten el alma por la mitad. Esa fue una de ellas. También dejé a mis padres, mi historia, mis calles, mis amigos, mi idioma como lo conozco. Aún no me acostumbro a decir aguacate en vez de palta o trastero en vez de bodega. Dejé todo aquello que uno cree que siempre estará ahí.
Y entonces me caí. Feo… profundo. Por primera vez en la vida así de mal. La depresión llevaba años caminando conmigo, pero irme de Chile terminó por empujarme hasta un lugar donde nunca pensé llegar. Un lugar excesivamente oscuro. Un lugar donde dejé de encontrarle sentido a seguir avanzando y en el que varias noches miré demasiado la terraza de mi departamento… Demasiadas, demasiadas veces.
Fue ahí donde entendí algo. No podía controlar el hecho de vivir en un país que todavía no sentía mío. No podía cambiar el dolor de la distancia. No podía borrar el vacío de las despedidas. Pero sí podía decidir dejar de vivir una vida que ya no quería. Porque si ya estaba sosteniendo el peso de empezar desde cero, no podía seguir cargando también con una relación que hacía mucho había dejado de sentirse mía.
Tomar la decisión fue devastador.
Compartíamos profesión, sueños y una manera parecida de entender la vida. Él fue mi refugio en un momento en que yo necesitaba desesperadamente uno. Y lo quise. Muchísimo. Los primeros años fueron realmente felices. Éramos tres. Mi hija, él y yo. Luego llegaron los niños.
Y con ellos llegó la felicidad más inmensa… y también las responsabilidades más grandes. Una casa enorme. Cuentas interminables, trabajo, huerta, jardín, más limpieza, más limpieza. Criar a los chicos, mientras también había una adolescente que preocuparse. Todo parecía descansar sobre mis hombros.
Con el tiempo sentí que estaba sosteniendo demasiadas cosas al mismo tiempo. Aunque, siendo completamente justa, también tuve que reconocer algo incómodo: muchas veces nadie me pedía hacerlo. Era yo quien insistía en cargarlo todo. Porque siempre creí que si algo dependía de mí, debía hacerlo perfecto.
Y así pasaron veinte años. Hasta que un día simplemente dije: No más.
Esta vez el duelo ha sido distinto. Muchísimo más difícil. Ahora ya han pasado meses y siento que estoy más perdida que aquella chiquilla que lavaba platos con una maleta esperándola en la pieza.
Intento seguir caminando, como me enseñó mi madrina. Pero siento que esta vez la vida no me está mostrando el camino con la misma claridad. Más bien me ha llevado a cometer algunas de las mayores estupideces de mi vida. O, al menos, de la vida de adulta, supuestamente responsable.
No sé qué viene ahora. La verdad es que nunca lo he sabido. Pero hay algo que los años sí me enseñaron: He sobrevivido a todas las versiones de mí que juraron no poder hacerlo. He podido destruirme y reconstruirme cada vez, Armar mi casa desde cero y desarmarla completamente. He llorado despedidas imposibles. He amado, perdido y he vuelto a empezar.
Y, sobre todo, he tenido el privilegio inmenso de ser la madre de tres personas extraordinarias. Ellos han sido el hilo que me ha mantenido unida cuando todo lo demás parecía deshacerse. Mi fuerza nunca nació de mí. Nació de ellos. De sus abrazos, de sus risas, de el orgullo y de la responsabilidad hermosa de acompañarlos mientras crecen. Si alguna vez me he levantado del suelo, ha sido porque sabía que ellos me estaban esperando de pie.
No sé qué me depara la vida una vez más, pero si algo tengo claro es que voy a salir adelante; siempre lo he hecho, y lo haré de nuevo, una y otra vez hasta que ya no esté aquí. Sólo espero que esta vez el camino no me lleve únicamente a sobrevivir. Espero, por fin, aprender a ser feliz.

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